El apego

En este artículo, voy a hablaros de un tema cada vez más de moda en el ámbito de la psicología. Sea cual sea la orientación teórica del profesional de la salud o de la educación, no podemos pasar por alto el modelo del apego, que nos va a permitir entender mucho mejor la forma de relacionarse y de vincularse de las personas desde la infancia.

¿Qué es el apego?

Todas las personas, desde que nacemos tenemos la necesidad biológica de asociarnos, relacionarnos, vincularnos a otros seres humanos. Nacemos como seres frágiles y dependientes, incapaces de sobrevivir sin el cuidado de otra persona. Esta necesidad es esencial para nuestra supervivencia. Los bebés necesitan  la presencia y la atención exclusiva de sus cuidadores primarios (generalmente los padres), para procurarse alimentación y protección. Estos cuidadores captan las señales que el bebé emite con sus lloros, gestos, y alimentará, le dará seguridad y lo calmará para reestablecer el equilibrio físico y emocional. 

Posteriormente, los niños necesitan una relación cercana y continuada con un cuidador primario para desarrollarse emocionalmente. Por ejemplo, aprendiendo a tolerar el malestar y tranquilizándose sólo con escuchar la voz de la madre, o su contacto físico. Tener a disposición a las figuras de cuidado es fundamental especialmente en los primeros años de vida, nuestro cerebro necesita estar constantemente estimulado por otros seres humanos para una correcta maduración y organización de las estructuras del sistema nervioso, y así poder contar con las capacidades adultas al final de su desarrollo.

Posteriormente, en la edad adulta las personas son capaces de calmarse a sí mismos y poder prescindir durante un tiempo de sus figuras de apego (familiares, pareja, amigos…).

Por tanto, el sistema de apego es un sistema de conducta determinado a nivel biológico, evolutivo que pone en marcha al niño, al bebé para establecer una relación afectiva, un vínculo con las personas más cercanas para procurarse la satisfacción de sus necesidades. Para eso, se sirven de conductas como llorar, gritar, sonreir, hacer muecas, buscar la mirada de la madre…

El apego responde a necesidades tan básicas como estas:

  • Seguridad y protección
  • Vinculación emocional
  • Contacto físico
  • Compañía
  • Apoyo incondicional
  • Pertenencia

Además de para cubrir nuestras necesidades básicas, el apego nos sirve para:

  • Construir los esquemas mentales sobre lo que es uno mismo en el mundo, de la forma en que debemos relacionarnos, de lo que podemos ofrecer y recibir de los demás, de lo que es el amor…
  • Aprender a distinguir unas emociones de otras
  • Aprender a diferenciarnos de los demás
  • Capacidad de comprender los estados mentales de los demás, y de empatizar
  • Sentirnos seguros y apoyados en caso de peligro o vulnerabilidad

Cómo influye el apego en nuestra forma de relacionaros en la edad adulta

Las primeras experiencias de relación vividas con nuestros padres determinan nuestra forma de relacionarnos con los demás en la edad adulta. Los bebés, los niños aprenden cual es la respuesta de los padres ante determinadas expresiones faciales, muecas, sonidos, acciones, y se van adaptando y moldeando. Esos conocimientos se van aprendiendo y haciendo automáticos, se convierten en hábitos aprendidos. Algunos son positivos, y otros negativos.

Veamos algunos ejemplos: si el bebé llora y la madre se acerca, le atiende y le calma dándole lo que necesita, el bebé aprenderá que si se queja, recibirá atención y se calmará relativamente pronto. Si el niño recibe de sus padres elogios cada vez que hace algo bien, como recoger sus juguetes, o sacar buenas notas, tenderá a repetir esa conducta en el futuro. Si los padres animan al niño a experimentar, y a aprender, los niños se encontrarán a gusto en estas tareas, y sentirán curiosidad por los nuevos desafíos. Si los padres aportan gestos de cariño y afecto constantes a sus hijos, éstos tenderán a considerarlos normales dentro de una relación, y los incorporarán con naturalidad en sus relaciones futuras.

En conclusión, estos intercambios positivos en la infancia aumentarán la posibilidad de formar lazos de apego saludables, que podrán durar prácticamente toda la vida.

Pero también hay experiencias negativas. A veces los cuidadores abusan de los niños, o sencillamente no les dan la atención que necesitan, o sus formas de atenderles no son las adecuadas. A veces los cuidadores pueden asustarnos, o ignorarnos, pueden causarnos en su cuidado sufrimiento emocional. Las consecuencias son que los niños acaben aprendiendo que tras su impulso natural de buscar cariño y protección no sea siempre satisfecho, y esto implica que la capacidad de vincularse emocionalmente con los demás se vea alterada. Muchos niños (y futuros adultos) aprenden a no confiar en los demás, y se acaban sintiendo permanentemente vulnerables, desconfiados, asustados, solos…

Veamos ejemplos concretos:

  • Una niña de cinco años llora porque otro niño la ha pegado varias veces en el cole. Si los padres la ignoran, aprenderá que siempre estará indefensa ante las agresiones de los demás. En cambio, si la consuelan y la explican que nadie tiene derecho a pegarla y acuden a resolver el problema en el colegio, aprenderá que no está bien pegar a los demás, y que cuando a un ser querido se le daña hay que ayudarle y protegerle.
  • Si a un niño los padres le gritan desquiciados cada vez que hace alguna pequeña travesura, llegando incluso a insultarle o darle mensajes negativos sobre sí mismo como “estoy harta, siempre serás tan desordenado/vago/cerdo como tu padre”, el niño tendrá pocas oportunidades de corregir su conducta.
  • Si a un niño se le da el mensaje de que todo esfuerzo que haga con los estudios es insuficiente, caben dos posibilidades: que se convierta en una persona tremendamente autoexigente, o que directamente abandone la posibilidad de aprobar y fracase en los estudios “porque total, mis padres no creen en mí”.
  • Cuando en una familia no hay muestras de cariño ni de afecto, o incluso se castigan,  difícilmente ese niño en su vida adulta dará besos y abrazos a su pareja y a sus propios hijos.

Es decir, las críticas que se les da a los niños, la forma de expresarse, el tiempo dedicado a ellos, la calidad de ese tiempo… van a condicionar el desarrollo del niño en cuanto a su forma de relacionarse con los demás, la forma de verse a sí mismos, de gestionar sus emociones…

¿Porqué a veces los padres no saben desarrollar vínculos sanos de apego?

Seguramente el lector o lectora conoce muchos casos cercanos, o incluso ha vivido en primera persona este sufrimiento de no haber sido atendido correctamente.

Y es que los padres y las madres hacen lo que pueden, y lo que ellos mismos han aprendido. Nadie pasa por un proceso de selección para ser padres (a no ser que se vaya a adoptar), así que puede ser padre cualquier persona ya sea apto o no. El pasado y la educación de cada persona influye de forma determinante en el tipo de cuidados y educación que se le vaya a dar los hijos.

Por eso, si una madre sufrió un trauma importante en su pasado, como por ejemplo haber recibido maltrato de sus padres, su capacidad para ejercer como una madre eficaz se verá condicionada, y no siempre para bien. Esa madre podría no saber distinguir correctamente las señales del bebé, o incluso reprimirlas mediante el rechazo o el castigo. Y es que cuando hay experiencias traumáticas en la infancia, las capacidades emocionales se acaban viendo mermadas, y en consecuencia la capacidad de mantener relaciones afectivas seguras y placenteras.

En investigaciones realizadas con animales, se ha observado que la ausencia de contacto y la falta de cuidados hacen que el cerebro produzca más adrenalina, lo cual predispone a que haya comportamientos más impulsivos y agresivos. Hay que tener en cuenta que la alteración  en la forma de vincularse en los primeros años de vida produce déficits en el desarrollo social y en el aprendizaje, altera la capacidad de empatizar.

En muchas ocasiones (me encantaría pensar que en la mayoría), los padres responden bastante bien al desafío de cuidar y educar a sus hijos, pero imprimen el legado de apego familiar que vienen arrastrando desde su propia infancia y ocurren cosas como que sean más exigentes o más pasotas, que les cueste gestionar sus propias emociones en momentos complicados de la crianza y acaben perdiendo el control, que resulten más permisivos o rígidos de lo deseado, o que simplemente estén tan agobiados y estresados que no presten la suficiente atención y tiempo que sus hijos necesitan. Somos humanos y no nos vamos a castigar por ello, pero todo padre debe ser consciente de que todo lo que haga repercute de manera directa en sus propios hijos.

Pero…seamos optimistas!

La buena noticia es que todas las personas pueden aprender a cambiar sus actitudes y conductas de apego, corrigiendo y transformando sus propias conductas relacionales. Pero para llegar a ese punto, primero hay que identificar qué es lo que nos han transmitido, cómo nos han criado, y que es lo que está funcionando mal en el presente.

Dedicaré uno de los próximos post a explicar los principales tipos de apego, y como esto influye en las relaciones de pareja. Trataré de ayudaros a identificar vuestro estilo de apego (cada cual tiene el suyo), y el de vuestra pareja. Hay que tener en cuenta que después de los padres, en la edad adulta las figuras de apego principales pasan a ser la propia pareja. Y ese, es otro mundo.