Así funcionan nuestros tres cerebros

Descubre cómo la teoría del cerebro triuno puede ayudarte a entender cómo funcionamos las personas.

El modelo del cerebro triuno nos va a servir para entender porque a veces reaccionamos de forma caótica, desmesurada o incontrolada, porque a veces parece que las emociones nos dominan, o porque en determinadas situaciones nos cuesta pensar antes de actuar.

El cerebro humano contiene cerca de cien mil millones de neuronas, que llegan a transmitir información a 320 km/h. Es capaz de procesar una cantidad inmensa de información en una fracción de segundo. Es un órgano extraordinariamente complejo, cuyo funcionamiento la ciencia no ha llegado a comprender del todo.

El modelo teórico que defiende la idea de tenemos un “cerebro triuno” asume que a lo largo de la evolución de nuestra especie el cerebro ha desarrollado tres áreas distintas: el cerebro reptiliano, el mamífero, y el neocórtex. Cada una de estas áreas procesa y almacena la información de un modo distinto, generando tres formas de ver la realidad que deben acabar integrándose, para dar un sentido a nuestras vivencias. Lo que ocurre es que a veces, surgen problemas, cuando estos tres cerebros no se entienden entre sí.

Vamos a ver con detenimiento cada una de estas partes:

NEOCÓRTEX (cerebro de la razón):

Es el último cerebro en desarrollarse, es el cerebro pensante, el responsable de razonar, de pensar de forma abstracta.

Está localizado en la parte superior de la cabeza y detrás de la frente. También denominado córtex frontal o cerebro neomamífero. Se divide en hemisferio izquierdo y hemisferio derecho. El derecho es el cerebro emocional, artístico, intuitivo, no lineal, que funciona desde el mismo momento de nacer. El izquierdo es el hemisferio racional, lógico, analítico, el que maneja el lenguaje y que se va desarrollando a lo largo del crecimiento del individuo. Los dos hemisferios están unidos por el cuerpo calloso, canal a través del cual se comunican ambos hemisferios.

A lo largo del desarrollo del niño se van estableciendo las conexiones entre las neuronas que nos permiten pensar, regular nuestras emociones, controlar nuestro comportamiento, razonar y tomar decisiones, usar la imaginación, para adquirir habilidades sociales e intelectuales.

El neocortex está también implicado en todas las funciones cognitivas e intelectuales superiores. Es el cerebro que nos permite analizar la información, resolver los problemas, planificar, desarrollar ideas, teorías…

Es un cerebro capaz de anular temporalmente emociones y necesidades básicas con tal de permitir que las personas alcancemos los objetivos propuestos por nuestro cerebro racional. Podemos privarnos de sueño y alimento con tal de trabajar doce horas al día, por ejemplo.

CEREBRO MAMÍFERO (cerebro de las emociones):

Entra en escena al aparecer los primeros mamíferos.

Se sitúa en el centro del cerebro, conectando el neocortex con el cerebro reptiliano.

Es el cerebro que nos hace contemplar el mundo a través de las emociones. Nos dice lo que nos gusta y lo que no, hacia quien generamos afecto, hacia qué cosas nos sentimos atraídos, y qué recuerdos nos hacen sentirnos más tristes o más alegres.

Las estructuras que lo componen se comunican entre sí de la siguiente forma: el tálamo recibe información de nuestros sentidos, la amígdala decide si esos estímulos suponen una amenaza o peligro, avisando al organismo para que se ponga en guardia, o diciéndole que esté tranquilo, si se trata de estímulos gratificantes. Es decir, es la amígdala la que determina cual va a ser nuestra respuesta emocional. Por último, entra en juego el hipocampo, que es la parte encargada de la memoria, la que almacena la información importante a largo plazo.

¿Para qué nos sirve esta área del cerebro? Para poder conducirnos en nuestras relaciones, informarnos de nuestros sentimientos hacia los demás, de cómo las otras personas reaccionan ante nuestros actos. Es el cerebro que nos hace conectarnos a los demás, que nos permiten vincularnos. La que provoca por ejemplo, que los bebés lloren, hagan muecas, establezcan contacto visual, para llamar la atención de sus figuras de apego y así poder ser cuidados y atendidos, y poder aprender todas las conductas necesarias para relacionarse con los demás.

CEREBRO REPTILIANO:

Es el cerebro más antiguo e instintivo, el encargado de nuestra supervivencia.

Se compone de tronco encefálico y cerebelo, y está situado en la parte trasera de la cabeza.

Se mantiene siempre activo, en guardia, pendiente de nuestras funciones corporales básicas, como la respiración, la digestión, el latido cardiaco, y la regulación de la temperatura. Se encarga de responder de forma refleja e instintiva ante las situaciones estresantes y traumáticas. Es el cerebro que hace que no sobresaltemos y nos defendamos frente a un peligro, gritando, corriendo, atacando, dejándonos paralizados. También se encarga de comportamientos como la agresión, la competición, la acumulación de recursos. Es un cerebro que actúa de forma refleja y rápida. Está entrenado para hacernos reaccionar como si viviésemos en la selva.

¿Cómo se desarrollan estos tres cerebros en la vida de un individuo? ¿Cómo hacen para funcionar de una forma integrada?

Cuando un bebé nace, el neocortex está muy poco conectado con los otros dos cerebros más inferiores. A partir de este momento comienzan a crearse conexiones neurales entre las distintas partes del cerebro. Son infinitas las vías de conexión que pueden crearse, en cada bebé se abren caminos distintos, dependiendo de la estimulación que reciban, de cómo sean los primeros contactos con los cuidadores, de que contexto se rodeen… Las conexiones que más se repiten son las que mejor grabadas se quedan. Por ejemplo, si el bebé aprende que cada vez que emita un sonido concreto, va a ser más probable que reciba atención inmediata, ese aprendizaje quedará almacenado, y lo repetirá siempre que lo necesite. Si por otro lado, observa que sólo con mover los brazos, nadie se acerca, dejará de moverlos para conseguir el fin de recibir atención.

También estas conexiones se producen ante situaciones traumáticas. Si por ejemplo, el bebé asocia que cada vez que su padre adicto al alcohol aparece en casa hay gritos y discusiones, el cerebro desarrollará conexiones de alerta de peligro ante el olor a alcohol y la voz masculina. Esta asociación queda almacenada de forma resistente, muy primitiva. Y cada vez que esa persona se tope en una misma habitación con un hombre con fuerte olor a alcohol, se pondrán en marcha los mecanismos de supervivencia del cerebro, apareciendo la emoción de miedo, respuestas fisiológicas como aumento del ritmo cardiaco, sudoración de manos, u otras y desencadenándose conductas de protección como huir de esa habitación, o quedarse bloqueado sin poder hablar. El cerebro reptiliano nos va a aconsejar siempre que usemos el modo de defensa que nos resultó útil en situaciones pasadas. Por esos los adultos podemos reaccionar como si fuésemos niños antes  determinadas situaciones de amenaza, teniendo respuestas que a veces pueden parecer desproporcionadas.

En situaciones de alto nivel de estrés estos tres cerebros pueden descompensarse. Esto ocurre porque reaccionan a distinta velocidad. El cerebro más lento es el neocortex, nuestro cerebro racional, porque cuando se activa una situación que nuestros cerebros mamíferos y reptilianos interpretan como una amenaza para nuestra supervivencia, el neocortex queda bloqueado. En esos momentos no estamos capacitados para pensar con claridad,  porque en pensar se tarda mucho tiempo, así que el organismo necesita poner en marcha respuestas rápidas, inmediatas que nos permitan hacer frente a los peligros. Por eso a veces, en situaciones de estrés, nuestra reacción es más emocional e irracional de lo que nos gustaría. Por eso no es recomendable tomar decisiones importantes cuando estamos activados a nivel emocional.

Pero la mayoría de quienes estáis leyendo este artículo no vivís en la selva, como muchos de nuestros ancestros. Vivís en un entorno en apariencia más seguro, más tranquilo. Afortunadamente no tenemos por qué estar luchando por nuestra supervivencia las veinticuatro horas del día. Los peligros que sufrimos actualmente son de otra naturaleza: unos padres que no nos hacen caso cuando somos niños, el acoso escolar, el miedo a perder el trabajo, o a llegar tarde a una cita, la necesidad de competir para conservar nuestro puesto de trabajo, los problemas para llegar a fin de mes, los maltratos producidos en algunos hogares. Son situaciones cotidianas, vivimos expuestos a otro tipo de circunstancias que son distintas al tigre que puede atacarnos en la selva, pero que también resultan amenazantes y dañinas. Cuando vivimos una situación de estrés crónico, los cerebros reptiliano y mamífero se ven obligados a permanecer en un estado de activación continuo, para el cual nuestro organismo no está adecuadamente preparado, entre otras razones porque no le ha dado tiempo a evolucionar al mismo ritmo que nuestro contexto social. También hay que tener en cuenta que cada uno de estos cerebros ha evolucionado a velocidades diferentes a lo largo de la historia de la evolución. Cada cerebro hace una lectura distinta de lo que vemos, y de lo que nos ocurre.

¿Qué podemos hacer para desenvolvernos mejor cuando estos tres cerebros se desincronizan?

  • Aprender a detectar nuestras sensaciones corporales en el momento, ser capaces de observarlas, aceptarlas y tratar de identificar la emoción que las ha provocado.
  • A partir de ahí, tendremos que hacer un repaso a los estímulos que tenemos alrededor para descubrir qué o quien nos ha hecho ponernos en guardia. Se trata de averiguar qué es lo que está activando esa situación de amenaza.
  • Dejar que la activación fisiológica descienda de intensidad, dejando que la respiración se haga más lenta, que nuestros músculos dejen de estar tan tensos, que nuestro corazón palpite más lento… Normalmente esto ocurre por sí solo, esperando pero técnicas de relajación, meditación o respiración pueden hacer este proceso más llevadero.
  • A partir de ahí, haríamos uso de nuestro neocórtex, el cerebro racional para evaluar la situación, para poder hacer una evaluación de la amenaza más ajustada a la realidad, y actuar en consecuencia. Es en este momento cuando habremos podido integrar la información de los tres cerebros, y así poder adaptarnos mejor a las demandas del medio.

Voy a terminar ofreciendo un ejemplo. “Estoy en mi puesto de trabajo, y mi jefe se acerca hacia mí, nervioso y serio. Me encarga un trabajo y me da un plazo de entrega. Dos horas después, noto que no me siento bien. Tengo calor, me sudan las manos, me siento algo mareada y me duelen mucho las cervicales. No puedo concentrarme. ¿Qué debo hacer?” Vamos a tratar de seguir la estrategia antes mencionada:

  1. Identifico mis sensaciones: incremento de la temperatura corporal, aumento del ritmo cardiaco, sudoración en las manos, respiración agitada. Por eso estoy mareada! Vaya, todo esto me indica que tengo miedo…¿Pero miedo de qué?
  2. ¿Que ha ocurrido esta mañana? Estaba en el trabajo tan tranquila y he visto al jefe acercarse. Me doy cuenta que venía más serio de lo normal. Tal vez eso me ha hecho ponerme en guardia. Además me ha encargado un trabajo difícil para mí, que aún soy inexperta. Como resuelva mal el encargo, mi jefe se va a enfadar, y eso traerá consecuencias negativa para mí!
  3. Me voy a ir a la cafetería a despejarme y a tomarme una tila. Tal vez hablando con mis compañeros me relaje, porque ahora mismo no puedo concentrarme.
  4. Ya me siento más tranquila. Voy a evaluar la situación, y ver como puedo planificarme. Yo creo que la cosa no es para tanto. Realmente estoy preparada para hacer este trabajo. Y siempre puedo pedir a un compañero que me ayude a revisarlo antes de entregarlo. Lo tengo que hacer deprisa, pero ya tengo la mente más concentrada para ponerme a tope con la tarea.

¿Qué ha podido ocurrirle a la chica del ejemplo? Cuando era niña, tenía un profesor en el colegio que la ridiculizaba cada vez que no le salía un ejercicio al salir a la pizarra. Se le atascaban las matemáticas, y cada vez que le tocaba salir a resolver un problema empezaba a temblar, y su mente se quedaba bloqueada, mientras escuchaba todo tipo de comentarios negativos por parte de su profesor, haciéndola sentir torpe e incapaz. Estos hechos se grabaron en su cerebro triuno, en una época en la que era especialmente vulnerable a desarrollar y de fijar aprendizajes nuevos. Estas conexiones se hicieron fuertes, y ahora se activa cada vez que surge una situación en su vida en la que una figura de autoridad (en este caso su jefe) hace aparición para solicitarle la ejecución de una tarea complicada.

Así es como funciona nuestro cerebro triuno. Conocerlo y estar atentos a su funcionamiento nos permitirá adaptarnos mejor a todas las demandas de nuestro complejo mundo actual.